Ella irrumpió preguntando por el
Sr. Smith -¿Dónde está el Sr. Smith, dónde está el Sr. Smith, dónde está el Sr.
Smith? - Nos miró a todos sin mirarnos y hablando muy rápido casi en un texto
automático y como invocando la palabra de Jesucristo, insistía en su búsqueda.
Todos salimos de nuestras ocupaciones por un momento. La de enfrente dejó su celular sobre la mesa,
yo dejé de traducir a San Agustín de Hipona y los mozos detuvieron sus bandejas.
-¿Dónde está el Sr. Smith, dónde está el Sr. Smith, dónde está el Sr. Smith? -Dos
poetizas, sentadas a mi izquierda, atraparon
sus textos en poemas, tras mirarse cómplices. Es que “La enviada”, nos
cambió el aire a todos y todo estuvo interrumpido unos segundos, incluso el aire.
Yo creo que hasta las moscas que revoloteaban por ahí unos instantes antes,
cesaron sus aleteos. Todo se detuvo: el
aroma de las medialunas recién horneadas, los chillidos de dos niños del pelotero
de arriba, el balanceo de los potus, el humo del café cortado, la hoja ajada del diario que todos ojean, la voz gangosa de una vieja profesora free
lance de francés, el posnet, wi fi y hasta la toma de decisión de la propina. Se
los aseguro, todo se detuvo. De pronto, La
enviada nos miró a todos y casi como rompiendo el encanto dijo: -¡bueno, no está el
Sr. Smith- Y salió expulsada por su propia inercia a la esquina de Paraguay y
Escalabrini Ortiz, dejando una estela colorada a su paso, pues el Sr. Smith, obviamente
había faltado a su cita.

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