jueves, 18 de diciembre de 2008

Solo, sin acento


Solo, sin acento

En estos tiempos, dentro de mi espacio ocupado, siento un gran vacío. No hay nadie a mi lado donde logre volcar mis angustias y disfrutes. Hay un punto donde a nadie le importa lo que le pasa al otro, sólo importa lo propio. Entonces me llaman para que escuche historias ajenas, y a veces introducir una opinión. Mientras soporto el trabajo diario con mis compañeros escucho sus celulares que llaman reclamando horarios: - ¿cómo estás, a qué hora te puedo ver?- son llamadas de aliento en trabajos continuos que actúan como llamaradas descontracturantes y disuelven las tensiones. Y qué decir cuando la llamada es un, te quiero o un te extraño. Internamente se produce un cambio repentino de actitud, de compromiso, de valores. Como si nos inyectaran una nueva fuerza en el cuerpo. Cuando todo esto no sucede, la soledad nos golpea la puerta con un doble toc, toc, que no significa necesariamente un doble trastorno obsesivo compulsivo, más bien una llamada de atención. Empezamos a no tener producción propia y nos apoderamos de lo que es de otros. De aquellos que están muy cercanos, los escuchamos, sufrimos sus desdichas, festejamos lo que se entiende bueno y siempre esperamos que al menos se acuerden de preguntarnos: - ¿y vos, qué onda, qué pasa con tu vida?. Nunca llega la pregunta. Deben pensar, que no hay vida detrás nuestro, o que es tan anodina que no vale la pena saberla, o que tenemos todo tan solucionado, que nuestra opinión es un bálsamo en la tormenta y uno califica perfecto en la idiosincrasia de cualquiera. El tan mentado: - ¡sos tan objetivo! - suena a: -¡sos distinto, vos no sufrís, hablás desde la altura, vos no sos de acá!. Es ahí cuando nos sentimos como dioses marcianos que sentencian y sientan jurisprudencia en estos desvencijados mortales que no pueden resolver las aventuras pelotudas de siempre. Y yo me engancho solo, si hasta parece que da la impresión que vivo del disfrute de la vida de los que quiero y olvido la mía. Pero no es así. Tengo mucha vida interior, me cuesta sacarla afuera, seguramente algún dispositivo interno actúa como protección de intimidades y enigmas interiores aún no desculados. Lo que no entiendo es por qué me involucro tanto en problemáticas externas. ¿Por qué tengo una oreja tan solícita, y por el contrario no discrimino solo lo que me interesa?. Quizás a los que tenemos un manejo más diplomático en el discurso se nos veda la posibilidad selectiva de información. Alguna malformación congénita debe morar en mi psicología, que obstruye la posibilidad de ver el exagerado lado malo y bueno de las cosas, optando por una posición intermedia, como medida de unicidad. Siempre noto que esto me pasa cuando quedo ligado a una amistad muy fuerte, o a alguien por quien siento mucho afecto. Sus fuertes estructuras desequilibran las mías, las ponen en duda todo el tiempo y se producen luchas internas, donde viejos preceptos ya aceptados se vulneran. Soy huésped en otro cuerpo y adopto sus formas. Al otro día me despierto y vuelvo a ser yo. Sé mimetizarme, en la medida que la curiosidad me lleva por un camino de investigación y conocimiento y no permito que el otro tome algo de mí. Yo lo tomo, chupo sus energías y clono sus costumbres y deseos. Las exploro, las transito y hasta las discuto con todo desparpajo como si fueran mías. ¿Y mi disfrute cuál es? Mi disfrute es la soledad, claro, disfruto mis placeres a la luz de nadie, apago todos los candelabros, que nadie mire mis placeres, son míos y no los muestro, porque cuando ello sucede mi libertad se ve impedida y vuelvo a los cánones o a la vil copia del prójimo. Eso sí, hay una ventanita pequeña, casi siempre cerrada bajo siete llaves, donde he mostrado mis otras caras ocultas, claro que lo he hecho bajo un exclusivo estado alterado de la conciencia. Ya perdí dos llaves. Cada pérdida me enseñó que el amor es efímero, se disuelve tan rápido como aparece. Este es mi ideal: enamorarme de alguien que se le note el amor por su mirada profunda, por su respiración que trae información de adentro, por el estruendo de sus latidos al verme y porque nuestros cuerpos se vuelvan agua al solo contacto. Sentir que pierdo la vida y no importarme, disfrutar lo que no me gusta y no importarme, vender mi alma a Dios y no importarme, emborracharme de libertad y no importarme, exhibir mis miserias y no importarme, poder decir quién soy y no importarme. Y que la sinergia nos conduzca a una isla pequeña con aguas turquesas, un sol, dos lunas y una morada despojada con el sólo compromiso de perdernos en un horizonte inexistente, allá donde nuestras mentes olvidan los textos adquiridos.
Tampoco nos quedemos con la prosa y la poesía, un poquito de sabor, de lujuria, un deseo prohibido, una clavada de uñas, un beso en las oscuridades de la baja espalda y un poco de furia, son algunos de los condimentos a tener en cuenta para que estos ideales se sostengan. Y si debemos recurrir a otros niveles más procaces y soeces del tipo: “partime como un queso, chupámela o cagame a palos y meame encima”, entre otras de estas exquisiteces pues, no nos detengamos, todo está permitido para satisfacer el tránsito de nuestra libido. No habrá letra historiada, más bien será básica, con una fuerte carga emotiva. Si estamos solos, no debería ser un problema. La soledad hay que saber llevarla, no se trata solo de cargarla, debe uno hacerse cargo. No hay que tomarla como pesar y melancolía por una pérdida. No hay que ver la paja en el ojo ajeno, salvo que seamos voyeuristas, debe uno hacércela propiamente y tratar de no salpicarse el ojo. Recursos y diseños sobran, memoria emotiva también. Es una forma de llenar los espacios vacíos en la más absoluta libertad y con nuestra sola mirada. Mientras tanto, en la sala de espera, pacientes, aguardamos que una señorita nos diga despreocupadamente: - ¿Usted tiene el número 612?. ¿Estaba esperando un gran amor?. Bueno, acaba de llegar.

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