jueves, 19 de abril de 2007

Crustáceo


Crustáceo

Iba contando las baldosas de las veredas. Iba reconociendo las miradas de los artrópodos. Iba por la vida enumerando rincones escondidos. Fue entonces que me estrellé con la vereda de la esquina de los insectos. Debió tratarse de un golpe muy fuerte, todo me daba vueltas. Amebas blancas en continentes negros se fusionaban entre remolinos de lunas y pequeñas luces que se movían en círculos propios. Todo era monocromático. Todo era confuso. Y lo confuso me provoca, me transporta y me vuelca en ese registro de deseo absoluto: tomar un café espeso y descafeinado que queme mi garganta. Ya la imagen era absurda, indolora y aburrida. Por eso miré hacia otro lado. Dejé el mar de baldosas blandas enchastradas de sangre negra y miré hacia abajo. En la oscuridad, vi mi rostro en el suelo. Caras enormes me miraban en posición de adoración muda y de algún lugar llegaban voces lejanas:
-¡Seguro que no vio la columna!
-¡lo pisó el camión del frigorífico!
-¡estaba tomado!
-¡el problema son las drogas!
-¡nunca se va a recuperar!
-¡para quedar así, mejor que se lo lleve Dios!
Un grito de ambulancia se metía por mis venas y arterias. Vi entre nubes, un cartel cruzado que decía Thames y Nicaragua. Me sentía liviano, casi sin cuerpo. Me posé sobre la luz de mercurio junto a millones de bichos cascarudos. Curiosamente los veía familiares.
Se lo llevaron rápido. Fui tras la sirena insoportable. Algo me conducía incondicionalmente. Las luces de los autos se ramificaban a mi paso. Me saqué de encima varios cables de teléfono y algunas ramas. Al fin se detuvo. Los sensores del Sanatorio no me detectaron. Atravesé un cartel que decía “Emergencias”. Me atrajo una luz fortísima que cayó sobre él. Le colocaron extensiones de cables negros por la boca, la nariz y el abdomen. Una máscara tapó su cara. Parecía un disfraz de insecto extraterrestre luchando entre máquinas de mediciones y sonidos arrítmicos. De pronto, desparramaron sobre su pecho una descarga eléctrica. Imágenes de lunas partidas, lunas descafeinadas, luces tomadas del cielo, lunares de colores, luciérnagas, linternas de tres pilas y un rico aroma a café colombiano. Entonces me reconocí cascarudo, estaban todas mis patas. Mi cuerpo seguía articulado y quitinoso. Al fin respiraron mis branquias. Lo que todavía no he podido recordar es si soy langosta, camarón o cangrejo.


Setiembre 2005