Por la blanda arena que lame
el mar, tal cual las pisadas últimas de Alfonsina, recorría el otro día una de
las tantas playas de Mar del Plata. Miraba las marcas que dejan los pies en la
arena mojada y el camino zigzagueante o no, que queda impreso en ella. Mientras
lo hacía intentaba colocar mis pies en esas huellas y jugar a adivinar a ese
otro que caminó antes. A veces me coincidía el tamaño, otras no. A veces se perdían
en la espuma, a veces en la arena caliente y muchas otras se confundían entre
sí. El sol estaba en su furia y las olas no se calmaban, casi como desafiando a
la bandera rojinegra que asegura un mar peligroso. El pie era pequeño, quizá un
número treinta y seis. Lo descubrí cercano a mí cuando pasaba frente a dos
cangrejos rojos y yacientes sobre unas rocas. Pequeño y perfecto. La huella era
corta y sostenida en su ritmo. Pensé que pertenecería a un niño imprudente,
perdido, mientras miraba a la gente. O podría ser una niña que caminaba cerca
de sus padres. Pero no, los niños no suelen ser tan rectos, no responden a las
leyes de las líneas establecidas. Un camino recto responde a ciertas
estructuras, a no bajar la mirada, a perseguir una meta, a la costumbre de
caminar por la cornisa, a no trastabillar nunca por la experiencia misma o simplemente
se trata de alguien que desafió a los dibujos aleatorios entre el mar y la
costa. Había otras pisadas cercanas, pero muy desprolijas en su andar. Una más
enterrada, como justificando el peso corporal y otra con salientes prominentes
en la base del dedo gordo. El que me atraía era un pie común, con todos los
dedos derechos. Supuse que se trataba de una mujer carismática y sociable, de
esas que se comunican con facilidad. Se me representaba hermosa y de más o
menos un metro sesenta de estatura. La imaginé pelirroja, con una túnica blanca
arrastrada por el viento caminando por la orilla en su primer día de
vacaciones. Mi pisada borraba su huella en todo su contorno. En eso levanté mi
mirada y me dejé llevar por la magia del lugar, por la bruma y hasta pensé que
estaba siendo conducido misteriosamente hacia ella. El sol me encandiló y choqué
con una roca roja donde estaba sentada una señora, devorando un sándwich de
salmón rosado y aguacate.
– ¡No ve por dónde camina!, me
gritó, mientras recogía el salmón embadurnado de arena.
Me disculpé alcanzándole unos restos
de aguacate que habían quedado planchados en la piedra.
- ¡Soy Lela, mucho gusto!, me
dijo.
Mi cara debió de estar
desorbitada frente a lo que estaba mirando. Las huellas que yo perseguía
terminaban en Lela. Ella me miró fijo a los ojos y me preguntó:
- ¿No será uno de esos locos que persigue las
pisadas en la arena, buscando el amor de su vida?
Quedé paralizado, quizá porque
me vi sorprendido y a la vez desconcertado al anoticiarme de otros buscadores
de huellas perdidas. Yo estaba sin palabras mientras Lela hablaba:
- Yo sé que todos los caminos
conducen a mí – aseguraba.
En un breve monólogo me contó que sus líneas
de fuga deleuzianas (1) se
chocaban con otras líneas y que por eso iban al mar, para que se desencuentren
y se pierdan como en la torre de Babel. Me habló de los laberintos borgeanos y
de las arenas de Marsella. Parece que ahí las huellas que se pierden en el
mundo aparecen en las rosadas playas mediterráneas. Y es por eso que las líneas
paralelas no se cortan en el infinito, sólo se pierden. En ese párrafo
reaccioné, sacudí mi rostro petrificado y asentí con la cabeza. No salía de mi
asombro y sólo dije:
- ¡Gracias por sus
comentarios, Lela!
- ¡No soy lela, soy Lila, ¿de
dónde sacó que soy lela?
– Perdón, creí haber escuchado
Lela.
- ¡Lila, soy Lila! Nací en
Marsella en una noche de luna llena con un cielo enrojecido.
Ahora Lila hablaba con otro
tono, casi con acento español no nativo. Lila no era ni por aproximación la
mujer que imaginé, esa mujer imaginaria a la que yuxtapuse mis huellas sobre
las suyas. Estaba eligiendo las palabras cómodas para despedirme de Lila y sonó
mi celular. Una mujer de acento latino no identificable y con un texto
aprendido dijo:
- Hola, le estoy hablando de
la compañía de telefonía celular, mi nombre es Lola. Quiero ofrecerle un nuevo
servicio sin costo, donde usted podrá buscar nuevos caminos de comunicación.
Estoy hablando de comunicación multisensorial; en la medida que el cerebro
recibe estímulos externos y va conformando un entramado nodal más complejo, llevará
al consumidor a la toma de decisiones ante un estímulo externo, como puede ser
la propuesta de un producto nuevo. Es como buscar el origen de las huellas que se
pierden en la arena y encontrar sus terminales – concluyó.
A esta altura creí que estaba
viviendo en realidades paralelas, o en medio de la teoría de los dos mundos de
Platón (2),
o que algo no estaba sucediendo como uno cree que naturalmente las cosas son.
– Gracias Lila, pero no voy a
comprar tu servicio multisensorial, te agradezco la oferta - le dije cortante.
- Ni una cosa ni la otra –
dijo ella - No soy Lila, soy Lola y no es una compra es un servicio gratuito
Al lado mío escuché a Lela que
decía:
- Pues acéptalo, yo ya lo
tengo y mírate tú, estás perdido en la playa, sólo, sin poder comunicarte con
nadie, buscando formas de pies romanos, como si ellos te condujeran a Roma.
No sé si enloquecí, si nací de
nuevo, si estoy comprendido en otro mundo, si se me alinearon los planetas, si
me topé con una bruja ilustrada, si seré capaz de usar las mil funciones de mi
nuevo celular o si me golpee con una piedra y estoy en coma. Tampoco sé si
Lela, lila o Lola son paralelas, perpendiculares o bisectrices. Lo real es que
encontré una razón para dejar una línea o una huella en la blanda arena que
lame el mar.
JLD
[1]
La filosofía deleuziana establece una línea de fuga, un intento de liberar y
desterritorializar el pensamiento, pero como todas las líneas de fuga puede ser
revolucionaria o generar un pensamiento opresivo.
[2] Según Platón existen dos realidades
totalmente diferentes. El universo tiene una estructura material y una
estructura inmaterial esta idea nos puede recordar al pensamiento de Pitágoras.
Los elementos inmateriales están en el mundo de las ideas y es inmutable.


