domingo, 1 de abril de 2012

Archipiélago

Archipiélago

Sé lo que quiero decir, pero siento una distancia subantártica al decirlo. Es sur, es frio y desarraigo. Me pertenece tu geografía, pero nunca pisé tus pastos duros. En mi mapa mental flota la imagen de una nuez que se ha partido en el Atlántico. Te imagino mía y puedo ver en tus llanuras más de  seiscientas flores rojas.
Puedo sobrevolarte cerrando mis ojos y sentir  tu invierno sin notar que existe un puente colgante e invisible que nos une. Dibujo mientras tanto algunas líneas cartográficas, plataformas de tierras subacuáticas y una raya larga que ha dejado la última estela de un barco que se pierde en lo profundo.
Aquél día colocaron un máuser en mis manos y al ritmo de unos saltos de rana autoritarios, me recibí de soldado. Tenía que defenderte, pero nunca lo hice, nunca llegué a cruzar el paralelo patagónico. Ni siquiera te miré desde la costa y si lo hubiera hecho no te habría visto. Tan lejana, tan perdida y tan cubierta de niebla fantasmática. Sin embargo te pretendo, te busco en el imaginario colectivo, en la mirada cansina de veteranos de guerra, en las crónicas diarias, en la política, y en el recordatorio de Retiro. Te defiendo en mi mente, en el discurso y en el deseo.
A veces me pregunto si existen de verdad esas islas, si no ha sido un embuste histórico para puentear crisis institucionales y trucar la mirada patriótica. Los etílicos Margaret y Leopoldo Fortunato,  trazaron una raya impuesta a sangre y fuego en un tablero de  soldaditos. Todavía recuerdo mi cerebro lavado de niño alfil, vestido de verde y seguro de jaquear a la reina. Pero me patearon el tablero y el frio de junio se llevó mi bandera. Pude ver el regreso sangriento y la grieta eterna de voces que aún hoy reclaman frente a un paredón rosado.
García Márquez recibía el Nobel de literatura con “Cien años de soledad” y nosotros la noticia de que la Gran Malvina y Soledad cobijarían eternamente a cientos de almas en sus peñascos y planicies onduladas.
Los balcones de Casarosada nos dejaban una frase tristemente célebre y meses después, en Londres nos dejaba la celebridad de Casablanca. E.T. rompía las taquillas en el norte y en el sur se rompía el discurso monolítico y de facto. Y mientras el compact disc ingresaba a nuestro mercado, una guerra puerca, cabizbaja y fría se almacenaría para siempre en nuestra historia bajo algún soporte digital.
Por aquél entonces se cumplían veinte años del gol eterno de Grillo en River a los ingleses; habíamos ganado 3 a 1.  Ya estamos a casi treinta de esa guerra hija de puta que perdimos todos. Dos meses antes el pueblo había apoyado sin condiciones el valor histórico de una construcción nacional.  Estos años me sirvieron para ver los errores del pasado, pero sigo defendiendo los mismos valores. Al decir esto, te siento muy cercano, archipiélago. Tan cercano que casi  veo flamear nuestros colores a lo lejos.