Vos
No sé si sos una luz enorme
en la oscuridad o simplemente una flor
amarilla y gigante que coquetea con el
astro rey. Pero sé que estás ahí, alrededor de mi cintura. Tan cerca, que a veces
confundo tus formas con las mías. Tan cerca que los latidos se tropiezan y
nuestras almas anidan juntas. Ayer quise decirte algo al oído, pero perdí en el
camino las palabras y mis labios se abrieron sin decir nada pero hicieron de
todo. Recorrieron cada pliegue auditivo, enjugaron sus meandros y te besaron
fuerte. Las manos no se quedaron quietas, no se detuvieron un instante ni se
distrajeron de la causa. Siguieron tus ritmos, recorrieron la línea de tu boca
y bajaron firmes sobre ese costado que te altera, que te grita, que se sale de
sí y pide más. Con tus ojos cerrados y el placer invadiéndote, mis dedos se anclaron
muy fuertes y luego siguieron su camino hasta que uno de ellos se cayó en tu
ombligo. Los otros sobrevolaron un rato como angelitos de protección y el
índice hurgó deseoso. La mano siguió bajando y se trepó a la pelvis. La música
estaba ahí, instalada, eficaz y sudorosa. La melodía era eterna, infinita y pura. En ese instante te pedí amor y me
diste amor. Irrumpí sumiso, suave, tiernamente en tu cuerpo. Mi boca echaba
fuego, mis manos levitaban a milímetros de tu piel y mis piernas lo sujetaban
todo. Sentí que te amaba en lo profundo y que unas luces pequeñas titilaban en
mi sangre iluminando ese momento. Me gritaste fuerte y obedecí tu orden: fui
siervo de tu palabra y táctico en el impulso. Fuimos animales furiosos,
entregados y aullantes. Fuimos eso sólo un instante más, hasta que sobrevino la
calma. Quedamos ahí, arrojados entre telas blancas y tus ojos escondidos y
brillosos encontraron los míos. Sequé tus lágrimas con mil besos y otra vez el
sol me invadió la vida. Estabas ahí, a mi lado, entre mis brazos como una bella
flor que se duerme amada cada noche.
JLD