
La próxima cena
No lo supe antes de estudiar biología. Ni siquiera me lo imaginaba. Resulta que los seres vivos estamos compuestos por cuatro tipos de átomos principales: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. La vida misma ha evolucionado en base a ellos y nos ha transformado día a día sin que nos demos por enterados. Aún cuando comemos, no sabemos cuántas cosas suceden en nuestro interior. Antes de que hayamos deglutido un guiso, se producirán secreciones que se mezclarán con la galleta que estamos masticando. La saliva disolverá los alimentos sólidos, aceitará la boca y el esófago. El jugo gástrico del estómago, cual multiprocesadora, reducirá todo a pequeñas sustancias para que millones de células de nuestro cuerpo las absorban. Y es el intestino delgado, a modo de laboratorio, quien al final someterá a estos alimentos a todo tipo de transformaciones. El tránsito lento, el carácter irritable del intestino y otros trastornos funcionales tienen mucho que ver con los costumbrismos domésticos y las emociones de las personas. Claro, yo no podía saberlo antes.
Es por eso que entendí que nada de esto tenía en cuenta la Cocinera, cuando a las doce del mediodía, hacía sonar la campana, que retumbaba quinientos metros a la redonda y era la llamada oficial para informar que la comida estaba lista. Las actividades se paralizaban y si quedaban inconclusas, no importaba. La saliva se presentaba en la boca de los convocados y al cabo de diez minutos, todos poblaban el comedor rectangular de varias ventanas. Se sentaban a la larga mesa de madera sin mantel, muy austera, que la cocinera preparaba a diario para los comensales, esperando que se abriera la puerta gris del pasaplatos. El Capataz de Campo, de impecable pantalón “Ombú”, ocupaba una de las cabeceras. Le seguían el cabañero, el tambero, el jardinero, el quintero, el chofer, el escribiente y los quince peones. Impecables, algunos se rociaban con “Aqua Velva”, una moderna loción para después de afeitarse. Otros se enchastraban con “Glostora”, una pasta que dejaba un peinado perfecto. A todos los esperaban los aromas de pucheros hirvientes, realizados con verduras del lugar; milanesas salidas del plato con puré de papas verdaderas y la gran olla de sopa con fideos “Cabellos de Ángel”. No sin tener en cuenta el ruido que provocaba el agua en absoluto estado de ebullición sobre una cocina a leña con fuego eterno. Luego una caminata para la digestión y la siesta, como parte de la rutina diaria.
Muy cerca estaba la gran quinta que los abastecía. Eran metros de filas de tomatales atados, almácigos de lechugas moras arrepolladas, perejiles de grandes hojas, ásperos y brillantes zapallitos del tronco, chauchas de un metro de largo y enormes zanahorias que se escapaban de la tierra. Al lado había un bosque de ciruelas color sangre, duraznos adamascados, mandarinas y naranjas amargas. Todo funcionaba como una gran estructura de autosuficiencia feudal. Una muralla virtual los rodeaba, como si se tratara de un castillo con extensiones de grandes arboledas. Se trataba de varias zonas que conformaban un todo. Sin ir más lejos, como nuestro propio cuerpo y sus distintas partes, con una organización humana ya determinada. Cada uno tenía un trabajo asignado como parte del engranaje que movía la gran maquinaria de producción. Una falla implicaba una pérdida en el sistema comercial. Una pequeña comunidad donde las campanadas de la Cocinera, eran también el signo de puntuación que marcaban el paso del tiempo.
La cocinera era una mujer fascinante, venida del norte argentino, arrastrando quién sabe qué historias marcadas en su vida. Se le notaba esa mochila, era distinta al resto. De un hablar exagerado, de gestos grandilocuentes para expresar situaciones sencillas y con la particularidad de sorprender con modismos auténticos en la comunicación con sus pares. Sin darse cuenta generaba a su alrededor una suerte de incomodidad y placer, polaridad siempre disipada por sus ampulosas carcajadas. Hasta el boxeo le apasionaba. En más de una oportunidad se acomodaba frente a un aparatoso Televisor “Zenith” blanco y negro que había en la casa para alentar a los gritos a su contrincante preferido. Muy segura de sí misma, levantaba el cucharón con el mismo impulso fuerte que utilizaba para enrostrarle en la cara a cualquiera, aquello que no le gustaba. Autosuficiente, comandaba la cocina a su antojo, la cual no era sino “el lugar” que articulaba el resto de las funciones. Sus palabras eran ley, no se refutaban. Sus recomendaciones: “Alikal”, para neutralizar la acidez y Leche de Magnesia “Phillips” contra la pesadez y ardores. -¡Ideal para el intestino perezoso!-, sentenciaba. Activa y regordeta, era capaz de teñir sus cabellos de estridentes tonos amarillos y no importarle el murmullo que generaban las que no se atrevían a usarlo. Dos robustos aros de oro desafiaban los lóbulos de sus orejas y la acompañaban en todos sus movimientos. El lugar indicado para las reuniones con sus pares eran las grandes chocolateadas en el comedor chico. Utilizaba para eso varios litros leche de vaca recién ordeñada, con toda la nata en la olla más grande. Antes de hervir desgranaba innumerables tabletas de chocolate “Águila”. Cada vez se hacían con más frecuencia y los cumpleaños de los niños eran la excusa. Estaban todas: las de Garreador, que venían en sulky; las del fondo, que acortaban distancias a campo traviesa; las del tambo cinco, en un caballo percherón y hasta las chicas Del Carril que sorteaban las callecitas internas de cinco leguas en un “Ford Falcon” blanco impoluto de airoso diseño, para llegar primeras a la fiesta. Las más cercanas tenían asistencia perfecta. No las detenía ni el anuncio ganador del billete del “Gordo de Navidad”. Empolvaban sus caras con “Angel Face”, para lucir más fascinantes con un maquillaje compacto… ¡por más tiempo! Algunas llevaban sus niños, por supuesto bañados en Colonia “Johnson". Las mujeres limaban asperezas, criticaban a las que no estaban y se reían incansablemente mientras saboreaban tortas, tartas, tarteletas de dulces caseros, panqueques, bocaditos de membrillo, pastafrolas, alfajores decorados con coco y pastelitos de batata fritos en grasa de cerdo, todos con alto contenido de azúcar. Se miraban unas a otras, y por la tarde volvían a sus casas con la sensación de haber ejercido un buen papel en el escenario que las convocaba. Por supuesto todo les entraba por la boca, seguía por el esófago, el estómago, el hígado, el páncreas, el duodeno, el intestino grueso y el delgado, aunque con ciertas dificultades. En el camino dejaban, grasas, minerales, vitaminas y aminoácidos para el buen funcionamiento de sus organismos. Nada de esto tenía en cuenta la Cocinera a la hora de tocar las campanadas, pero lo curioso es que nadie lo tenía en cuenta. Los procesos se daban por inercia, por naturaleza. La cocina era sin lugar a dudas una pieza clave, un centro vital, el ombligo mismo del lugar.
Aparecieron entonces, los primeros indicios del consumismo doméstico copiados de la mujer americana. La batidora, la licuadora, exprimidora, heladora y otras “doras” eléctricas. A las reuniones de degustación, se les sumó la exhibición de estas máquinas novedosas y una nueva producción de sus derivados.
Con el tiempo los tejidos adiposos de esta pequeña comunidad se fortalecieron en sus formas. Se salieron de sus cabales. Todos estaban desbordados en las ropas. Los cinturones no llegaban a cerrar, los collares eran tapados por las papadas y las piernas se transformaban en macetones. Los pies no cabían en sus hormas. Se dejó de usar la marca “Delgado”, el calzado más fino para damas. Los colchones tenían pozos, las fajas reventaban, los cachetes henchidos como globos y los botones saltaban. Las modistas descosían talles chicos y la “Singer” cosía los agregados. Las agujas y las máquinas de tejer no paraban de fabricar pulóveres de lana de grandes talles. Las fotos de la época retrataban verdaderos modelos vivos para tentar las paletas coloridas de cualquier famoso pintor de cuerpos pulposos.
Al principio no se dieron cuenta, pero el engranaje había comenzado a fatigarse. La comunidad estaba alborotada, pero la campana no cesaba. Lo referencial del otro no cambiaba el parecer propio. A grosso modo, estar exuberante era signo de buena salud. Para terminar los trabajos más comunes, se transpiraba la gota gorda. Hasta que un día alguien notó que en las ediciones de las revistas de moda de la época y la televisión en blanco y negro, mostraban una elegante figura como paradigma de lo moderno. Los espejos devolvieron imágenes monstruosas. Algunos consultaron a Don Yusti. Otros se acercaron a la esquina del Puente de Bruno a ver a Doña Amelia. Ambos referentes máximos de curaciones no científicas, pero dignos calmadores del alma y otras dolencias. Los doctores hacían interconsultas para recetar drogas de última generación. Los yuyos y las pastillas se mezclaron por un tiempo. Generaron un cóctel explosivo que les cambió la dinámica y hasta la forma de pensar. Se fue el deseo de comer y también la sonrisa. Cambiaron el flan tradicional por el flancito “Royal”, hecho en nueve minutos sin horno ni bañomaría. Las canillas de las mujeres simulaban aves zancudas, con cuellos jirafescos, glúteos lisos y arrugas prominentes. De perfiles tan escasos que sus sombras se desdibujaban con el sol fuerte. Tapaban el amarillo de sus caras con naranjas y carmines. Parecían verdaderos papagayos desnutridos. Los rostros eran el reflejo de sus manchas, de sus culpas, del espanto y de broncas acumuladas. Y ya nada fue igual. No se reconocían ni por los gestos.
Un buen día, dijeron ¡basta! Se miraron a los ojos y sin más que hablar, decidieron hacer una gran fiesta, para reeditar aquellos tiempos de gloria, de los fastuosos cumpleaños, con el olorcito de las grandes comidas, los asados en la matera, los pancitos con chicharrones, las galletas del pueblo, las tortitas negras de los “torteros”, las empanadas de carne con ese repulgue tan particular, el matambre arrollado y la leche del tambo. Pero la sonrisa los acompañó sólo en los preparativos. La Cocinera se había levantado muy temprano ese día. Empapó su cara con agua fría y apretó una crema dental de moda por aquel entonces, mientras cantaba: ¡Con “Kolynos”, los dientes lucen limpios, lindos y brillantes! Una pulsión de alegría la había invadido. Quería organizarlo todo, para volver al pasado y contagiar al presente. La encontraron en su cocina, desparramada entre las ollas de acero inoxidable con un delantal púrpura y un cucharón de aluminio entre sus manos.
De a poco, todos abandonaron el lugar. Se fueron, se separaron, se diseminaron por los pueblos vecinos. El contacto con lo distinto los fue transformando. Muchos de ellos se perdieron en la vida. Los que quedamos, nos adaptamos a una nueva forma de sobrevivir, pero nunca olvidamos esa historia.
Esa campana aún existe. Sin embargo, aunque nadie la toque, en los días de viento norte, se mueve sola y cuentan que se escucha desde lejos ese tañido inconfundible. Dicen que la Cocinera, desde arriba, la ejecuta para reunirnos a todos en la próxima cena, ese gran banquete que quedó pendiente en aquella época memorable que aconteció a ciento treinta kilómetros al oeste de Buenos Aires.a próxima cena