martes, 30 de diciembre de 2008

2008



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Dos mil ocho, año bravo, caro y raro
Diputadas, senadoras, Presidenta.
Frases sueltas, broncas tercas
Lenguaje sin candados ni soldados
Entrelíneas que dibujan otra historia
Nunca vemos un país, solo miramos un poco
Por la puerta, por la hendija, por Clarín
Ya no es tango polvoriento de viruta
Es baile de lluvia, de caño y de patín
El colegio es rehén de sus alumnos
Y los niños desvalijan por placer
Aprendemos nombres nuevos,
Floggers, Emos, Cumbios, Cletos
Sorprendemos con figuras
Charly de traje
Alfonsín de busto
Mujeres ilustradas
Vedetongas de TV
Las letras son de molde
De la V de novia, de la K de Néstor
En Kacerolas y Kampos argentinos
Con Verde soja
Verde dólar
Ver de arriba
Sin aviones
ni ravioles
ni lechones
El corte no es carré, es de ruta.
Siempre hay sidra, un pan dulce y un turrón
Un regalo, el aguinaldo y los confites
Dos mil nueve será bravo
Caro
Raro
Será bienestar
felicidad
Cambio
Y será justicia

jueves, 18 de diciembre de 2008

Adriano, o la excusa de Adriano

Adriano, o la excusa de Adriano

La lluvia estaba perdida, evaporada y caliente. Una bruma huidiza presenciaba con ojos enormes el aspecto cansado y esquelético de Adriano. Él dejaba correr el agua por su andrajoso ropaje de piel castigada.

- No tengo nada que ocultar, si no me quieren no me importa - gritaba su conciencia, al tiempo que se regocijaba por sacarse de encima el estigma de la mugre.

-A mí sí me importa, no me gusta que me vean así – Adriano habría dicho en tono seguro y voz prepotente – una cosa es no tener plata, ni laburo, ni ganas de hacer nada y encima ser un mugriento de mierda. Nada sucedió, hasta que una conciencia reflexiva e irónica dijo, a ritmo lento:

- ¿no te parece que la felicidad no está en reflejo que te devuelven los otros; qué importan la imagen, el olor, el medio donde estás o el barro donde te revolcás?La bruma se espesó de golpe y el ambiente se volvió compacto. Adriano perdió por un momento la composición de lugar. Le pareció adivinar que desde la espesura una sonrisa sabiase desprendía mientras le susurraba:

- dejate llevar por mí, dejame que te limpie, entregame tus culpas oscuras, quiero que disfrutes de este baño líquido.Lo interrumpió la conciencia:

– ¡Estúpido, no te das cuenta que tu naturaleza es otra!. Tu camino ya está marcado de piedras negras, no desafíes tu programación. Sos un engranaje más del gran reloj, mecánico, rítmico y perecedero. Ya está todo escrito, viejo. ¿De qué sirve, dar vuelta la hoja? Una vena tomó formas retorcidas y emergió, dibujando meandros en el cuello de Adriano. Su mirada fue tan fuerte que atravesó el muro de la sala de baño. Era inconciliable lo externo con lo interno.

– ¡No puedo, no ves que no puedo!- gritó desesperado- no me miren, no hablen, no necesito de ustedes. No convivo con el Creador. Quiero salirme de la máquina. Quiero que la gente no se entere como soy. Quiero que me vean distinto y sentirme igual que ellos. Quiero ser contradictorio, tener fallas, tener un lugar propio, acercarme al sueño americano, discutir sobre metafísica, que se enteren lo que pienso sobre el lenguaje de las abejas, medir la hora atómica, observar a la osa mayor y los cráteres lunáticos desde un telescopio, usar un jean gastado, tener un amigo judío, cruzar el atlántico, ser parte de la horda humana y desgarrar mi ocio en un spa mientras una música breve se instala en mis oídos. Prefiero disfrutar el engaño a sufrir una verdad insoportable. Sólo eso quiero, sólo eso.

-Perdónalo Señor, todavía no puede ver que la aguja del reloj avanza- exclamó acústicamente la conciencia desde algún lugar. Adriano llevó sus manos a la cara, se sacó restos de espuma de jabón, abrió la canilla de agua fría y ventiló el lugar. La bruma ya no estaba y el espejo lo descubrió sin su propia mugre, limpio de culpa y cargo.

Carnaval


Carnaval

Voy a abortar palabras de mis comentarios
Voy a lavar mis manos con alcohol quemado
Arrancaré mis tripas con un filo duro
Regalaré mis ropas en Parque Centenario
Y guardaré mis aguas en cubo sellado
Le puse un delete a todos mis códigos
Quemé diez almohadas con sueños profundos
No quedan vestigios de mis fotos de álbum
Saqué todas las voces de todos los huecos
Eché lavandina a olores anclados
Y cambié la firma por dos rayas curvas
Libros, pilas, reglas, cajas, platos
Trampas, retos, llantos, gestos
Sopas, yerbas, whisky, chicles
Volaron sin culpas por una ventana
¡Váyanse a la hierba o a la espesa selva!
Pero escuché otras voces
Y perdí mi máscara
Hoy, en la comparsa.

Hombre simbólico



Hombre simbólico

Pensar, comunicar, razonar, son capacidades humanas que se desarrollan social y culturalmente dentro de un mundo simbólico. La naturaleza nutre al hombre de condiciones biológicas para desarrollarlos. Ante el estímulo “hambre”, un perro come hasta saciarse, un hombre responde de diferentes formas: come, no come, sufre, siente placer, se hace anoréxico, bulímico, etc. Eso los distingue a tal punto que marca una diferencia abismal: el animal es instintivo, el hombre elabora un sistema simbólico. Quizá algunos animales desarrollen un pequeño archivo simbólico trasladado por lo humano, pero siempre primará el instinto. El hombre interpreta lo binario de una PC, para un perro es una cosa más de su mundo. Desde el inicio, al llanto de un bebé, alguien lo significa, le da sentido, lo simboliza y ahí comienza su desarrollo con el otro, constituyéndose. Se trae lo biológico, se adquiere lo humano. El hombre no es un segmento aislado de un proceso natural, sino que se inserta en una realidad simbólica surgida de sucesivas producciones superpuestas en el tiempo. Una especie más en la cadena natural, con la capacidad de comunicarse en un universo simbólico, que él mismo construye en la interacción con sus semejantes. Es animal desde lo biológico, es humano desde lo simbólico.

Apariencia y esencia


Apariencia y esencia


Algo es verdaderamente lo que es cuando su aspecto, o sea su apariencia, manifiesta lo que es, vale decir su esencia.
Platón sugiere que nuestra experiencia sólo nos da sombras apartadas de la realidad. Cuestiona la experiencia cotidiana, caracterizándola como ilusión, como apartada de la realidad. El filósofo según él, debe escaparse de lo experienciado sensorialmente y aprender a utilizar la razón. No confiar en la realidad que nos entra por los sentidos. Dice que nuestros sentidos sólo nos dan cuenta de las sombras o apariencias y el intelecto nos permite comprender el verdadero mundo que significan esas apariencias. La esencia incluye aquellos rasgos que deberían resplandecer en la cosa por ser precisamente lo que es.
Somos como los prisioneros de la caverna en tanto tomamos como realidad lo que son simplemente sombras de esa realidad.
La caverna y el fuego representan el mundo sensible. El afuera, la contemplación de los objetos externos, representan el mundo inteligible. El Bien es comparado por Platón con el sol, que da a los objetos la posibilidad de ser vistos y es la causa de lo Bello y la Verdad. El que contempló el bien en el ascenso, es torpe para el mundo sensible, dado que no hay fundamento. Allí lo justo para quien ha observado la justicia verdadera es sólo tinieblas. Pero se debe bajar a la caverna, acostumbrarse a sus sombras y ver por encima de los que lo habitan. De esta forma habrán contemplado lo bello y el bien. Descubrir la esencia es saber la verdad. Encontrar la esencia es fundamental para establecer el orden social en un conflicto. La esencia del que gobierna, por ejemplo, es que sea honesto, justo; esto es lo que el gobernante es, y su apariencia debería ser precisamente ésta y no otra. Guiados por la actitud del filósofo, los hombres pueden acceder por el razonamiento a la idea del bien Supremo, que es la base fundamental para una organización. La esencia se manifiesta por contradicción en el mundo sensorial. Para conocer la esencia de una cosa que aparenta una definición con dos polos opuestos se debe recurrir al intelecto. Inteligimos la realidad en la medida que la fragmentamos. En la apariencia, un dedo es duro y blando al mismo tiempo, lo cual es contradictorio para nuestra inteligencia. Para ser blando tiene que tener una mínima dureza y viceversa. El concepto de lo sólido interviene para disuadir lo aparente. El concepto de lo que es, es tan solo una idea, no un objeto. Para Platón, lo esencial es la capacidad de abstraerse. Lo que ya ha sido hecho en la práctica, se proyecta en los hombres como pensamiento formal y las sociedades con estado son las que les dan existencia. De hecho el enfrentamiento de clases se resuelve desde la Razón. Platón introduce el Bien en función de los requerimientos que le plantea la constitución de la ciudad ideal, entre los cuales el primero y principal es el de la formación de sus gobernantes. Del mismo modo, que es el sol quien otorga la luz, y por ésta, y no por nuestros ojos, es visible la Esencia de las cosas, así también es el Bien, y no el “ojo del alma”, el que otorga la Verdad.

Me duele, señal que no muero


Me duele, señal que no muero

El conocimiento consiste en relacionar experiencias entre sí. El conocimiento es la función de autorregulación de los seres vivos. La función es vivir. El ser no es un estado sino un acto que se sostiene. El ser tiene actitud en tanto es sujeto.
Todo ser viviente tiene la capacidad de querer seguir siendo o deseo vital de no morirse. La capacidad de advertir la ausencia de lo que necesita para vivir se llama dolor. El dolor nos da cuenta de la ausencia del sustento vital. El dolor es lo que nos garantiza la vida. El sujeto conoce para poder existir. Por ende el sujeto no es autosuficiente, necesita del medio externo. La subsistencia es el fin para que la reproducción sea el objeto de los organismos. El objeto de deseo no es el objeto en sí, sino la representación del objeto de deseo. Las cosas son en tanto las deseamos. Las cosas son para el ser que las desea. Por ende el deseo del objeto es lo que constituye al sujeto. El sujeto aflora por el deseo del objeto, sin éste el sujeto no existe. En consecuencia, el sujeto es sólo lo que desea y si no, no lo es. El sujeto es una posición activa frente a la causalidad del mundo. Nunca deja de querer ser, si lo hace se muere. El sujeto no resigna su acción y se enfrenta a la causalidad que deteriora el camino hacia la nada. De hecho, cuando nacemos emprendemos un camino cierto hacia la muerte. Un arquitecto hace un plano de una casa. Arquitecto, su creatividad, la computadora y el plano son causas materiales, pero la casa, tiene que ver con la acción del sujeto que ha dibujado el plano para su construcción. El arquitecto proyecta para seguir siendo arquitecto ya que un arquitecto se reproduce cada vez que realiza un plano. La causalidad viviente rompe con la no viviente, volviendo al ser sobre sí mismo y reproduciéndolo. Por eso el sujeto es acción. La acción se repite y genera conservación.

Fatalidad

Fatalidad
Vivo en el ensueño de los espíritus
Garantizando muertes pálidas
Soy esa negra lápida que te mira
Y derrama líquido rojo entre las piedras
Como un niño tardío y solitario
Escucho los sonidos de Gogh metal
Severa necrofilia de deseo
Odio tu sexo polvoriento
Tu máscara ennegrecida
Quiero clavarme en tu cuello
Aspirar
Fluir
Gotear
Cicatrizar
Estrujar tu mano lentamente
Mientras miramos juntos
El final de mi muerte.

La próxima cena


La próxima cena


No lo supe antes de estudiar biología. Ni siquiera me lo imaginaba. Resulta que los seres vivos estamos compuestos por cuatro tipos de átomos principales: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. La vida misma ha evolucionado en base a ellos y nos ha transformado día a día sin que nos demos por enterados. Aún cuando comemos, no sabemos cuántas cosas suceden en nuestro interior. Antes de que hayamos deglutido un guiso, se producirán secreciones que se mezclarán con la galleta que estamos masticando. La saliva disolverá los alimentos sólidos, aceitará la boca y el esófago. El jugo gástrico del estómago, cual multiprocesadora, reducirá todo a pequeñas sustancias para que millones de células de nuestro cuerpo las absorban. Y es el intestino delgado, a modo de laboratorio, quien al final someterá a estos alimentos a todo tipo de transformaciones. El tránsito lento, el carácter irritable del intestino y otros trastornos funcionales tienen mucho que ver con los costumbrismos domésticos y las emociones de las personas. Claro, yo no podía saberlo antes.
Es por eso que entendí que nada de esto tenía en cuenta la Cocinera, cuando a las doce del mediodía, hacía sonar la campana, que retumbaba quinientos metros a la redonda y era la llamada oficial para informar que la comida estaba lista. Las actividades se paralizaban y si quedaban inconclusas, no importaba. La saliva se presentaba en la boca de los convocados y al cabo de diez minutos, todos poblaban el comedor rectangular de varias ventanas. Se sentaban a la larga mesa de madera sin mantel, muy austera, que la cocinera preparaba a diario para los comensales, esperando que se abriera la puerta gris del pasaplatos. El Capataz de Campo, de impecable pantalón “Ombú”, ocupaba una de las cabeceras. Le seguían el cabañero, el tambero, el jardinero, el quintero, el chofer, el escribiente y los quince peones. Impecables, algunos se rociaban con “Aqua Velva”, una moderna loción para después de afeitarse. Otros se enchastraban con “Glostora”, una pasta que dejaba un peinado perfecto. A todos los esperaban los aromas de pucheros hirvientes, realizados con verduras del lugar; milanesas salidas del plato con puré de papas verdaderas y la gran olla de sopa con fideos “Cabellos de Ángel”. No sin tener en cuenta el ruido que provocaba el agua en absoluto estado de ebullición sobre una cocina a leña con fuego eterno. Luego una caminata para la digestión y la siesta, como parte de la rutina diaria.
Muy cerca estaba la gran quinta que los abastecía. Eran metros de filas de tomatales atados, almácigos de lechugas moras arrepolladas, perejiles de grandes hojas, ásperos y brillantes zapallitos del tronco, chauchas de un metro de largo y enormes zanahorias que se escapaban de la tierra. Al lado había un bosque de ciruelas color sangre, duraznos adamascados, mandarinas y naranjas amargas. Todo funcionaba como una gran estructura de autosuficiencia feudal. Una muralla virtual los rodeaba, como si se tratara de un castillo con extensiones de grandes arboledas. Se trataba de varias zonas que conformaban un todo. Sin ir más lejos, como nuestro propio cuerpo y sus distintas partes, con una organización humana ya determinada. Cada uno tenía un trabajo asignado como parte del engranaje que movía la gran maquinaria de producción. Una falla implicaba una pérdida en el sistema comercial. Una pequeña comunidad donde las campanadas de la Cocinera, eran también el signo de puntuación que marcaban el paso del tiempo.
La cocinera era una mujer fascinante, venida del norte argentino, arrastrando quién sabe qué historias marcadas en su vida. Se le notaba esa mochila, era distinta al resto. De un hablar exagerado, de gestos grandilocuentes para expresar situaciones sencillas y con la particularidad de sorprender con modismos auténticos en la comunicación con sus pares. Sin darse cuenta generaba a su alrededor una suerte de incomodidad y placer, polaridad siempre disipada por sus ampulosas carcajadas. Hasta el boxeo le apasionaba. En más de una oportunidad se acomodaba frente a un aparatoso Televisor “Zenith” blanco y negro que había en la casa para alentar a los gritos a su contrincante preferido. Muy segura de sí misma, levantaba el cucharón con el mismo impulso fuerte que utilizaba para enrostrarle en la cara a cualquiera, aquello que no le gustaba. Autosuficiente, comandaba la cocina a su antojo, la cual no era sino “el lugar” que articulaba el resto de las funciones. Sus palabras eran ley, no se refutaban. Sus recomendaciones: “Alikal”, para neutralizar la acidez y Leche de Magnesia “Phillips” contra la pesadez y ardores. -¡Ideal para el intestino perezoso!-, sentenciaba. Activa y regordeta, era capaz de teñir sus cabellos de estridentes tonos amarillos y no importarle el murmullo que generaban las que no se atrevían a usarlo. Dos robustos aros de oro desafiaban los lóbulos de sus orejas y la acompañaban en todos sus movimientos. El lugar indicado para las reuniones con sus pares eran las grandes chocolateadas en el comedor chico. Utilizaba para eso varios litros leche de vaca recién ordeñada, con toda la nata en la olla más grande. Antes de hervir desgranaba innumerables tabletas de chocolate “Águila”. Cada vez se hacían con más frecuencia y los cumpleaños de los niños eran la excusa. Estaban todas: las de Garreador, que venían en sulky; las del fondo, que acortaban distancias a campo traviesa; las del tambo cinco, en un caballo percherón y hasta las chicas Del Carril que sorteaban las callecitas internas de cinco leguas en un “Ford Falcon” blanco impoluto de airoso diseño, para llegar primeras a la fiesta. Las más cercanas tenían asistencia perfecta. No las detenía ni el anuncio ganador del billete del “Gordo de Navidad”. Empolvaban sus caras con “Angel Face”, para lucir más fascinantes con un maquillaje compacto… ¡por más tiempo! Algunas llevaban sus niños, por supuesto bañados en Colonia “Johnson". Las mujeres limaban asperezas, criticaban a las que no estaban y se reían incansablemente mientras saboreaban tortas, tartas, tarteletas de dulces caseros, panqueques, bocaditos de membrillo, pastafrolas, alfajores decorados con coco y pastelitos de batata fritos en grasa de cerdo, todos con alto contenido de azúcar. Se miraban unas a otras, y por la tarde volvían a sus casas con la sensación de haber ejercido un buen papel en el escenario que las convocaba. Por supuesto todo les entraba por la boca, seguía por el esófago, el estómago, el hígado, el páncreas, el duodeno, el intestino grueso y el delgado, aunque con ciertas dificultades. En el camino dejaban, grasas, minerales, vitaminas y aminoácidos para el buen funcionamiento de sus organismos. Nada de esto tenía en cuenta la Cocinera a la hora de tocar las campanadas, pero lo curioso es que nadie lo tenía en cuenta. Los procesos se daban por inercia, por naturaleza. La cocina era sin lugar a dudas una pieza clave, un centro vital, el ombligo mismo del lugar.
Aparecieron entonces, los primeros indicios del consumismo doméstico copiados de la mujer americana. La batidora, la licuadora, exprimidora, heladora y otras “doras” eléctricas. A las reuniones de degustación, se les sumó la exhibición de estas máquinas novedosas y una nueva producción de sus derivados.
Con el tiempo los tejidos adiposos de esta pequeña comunidad se fortalecieron en sus formas. Se salieron de sus cabales. Todos estaban desbordados en las ropas. Los cinturones no llegaban a cerrar, los collares eran tapados por las papadas y las piernas se transformaban en macetones. Los pies no cabían en sus hormas. Se dejó de usar la marca “Delgado”, el calzado más fino para damas. Los colchones tenían pozos, las fajas reventaban, los cachetes henchidos como globos y los botones saltaban. Las modistas descosían talles chicos y la “Singer” cosía los agregados. Las agujas y las máquinas de tejer no paraban de fabricar pulóveres de lana de grandes talles. Las fotos de la época retrataban verdaderos modelos vivos para tentar las paletas coloridas de cualquier famoso pintor de cuerpos pulposos.
Al principio no se dieron cuenta, pero el engranaje había comenzado a fatigarse. La comunidad estaba alborotada, pero la campana no cesaba. Lo referencial del otro no cambiaba el parecer propio. A grosso modo, estar exuberante era signo de buena salud. Para terminar los trabajos más comunes, se transpiraba la gota gorda. Hasta que un día alguien notó que en las ediciones de las revistas de moda de la época y la televisión en blanco y negro, mostraban una elegante figura como paradigma de lo moderno. Los espejos devolvieron imágenes monstruosas. Algunos consultaron a Don Yusti. Otros se acercaron a la esquina del Puente de Bruno a ver a Doña Amelia. Ambos referentes máximos de curaciones no científicas, pero dignos calmadores del alma y otras dolencias. Los doctores hacían interconsultas para recetar drogas de última generación. Los yuyos y las pastillas se mezclaron por un tiempo. Generaron un cóctel explosivo que les cambió la dinámica y hasta la forma de pensar. Se fue el deseo de comer y también la sonrisa. Cambiaron el flan tradicional por el flancito “Royal”, hecho en nueve minutos sin horno ni bañomaría. Las canillas de las mujeres simulaban aves zancudas, con cuellos jirafescos, glúteos lisos y arrugas prominentes. De perfiles tan escasos que sus sombras se desdibujaban con el sol fuerte. Tapaban el amarillo de sus caras con naranjas y carmines. Parecían verdaderos papagayos desnutridos. Los rostros eran el reflejo de sus manchas, de sus culpas, del espanto y de broncas acumuladas. Y ya nada fue igual. No se reconocían ni por los gestos.
Un buen día, dijeron ¡basta! Se miraron a los ojos y sin más que hablar, decidieron hacer una gran fiesta, para reeditar aquellos tiempos de gloria, de los fastuosos cumpleaños, con el olorcito de las grandes comidas, los asados en la matera, los pancitos con chicharrones, las galletas del pueblo, las tortitas negras de los “torteros”, las empanadas de carne con ese repulgue tan particular, el matambre arrollado y la leche del tambo. Pero la sonrisa los acompañó sólo en los preparativos. La Cocinera se había levantado muy temprano ese día. Empapó su cara con agua fría y apretó una crema dental de moda por aquel entonces, mientras cantaba: ¡Con “Kolynos”, los dientes lucen limpios, lindos y brillantes! Una pulsión de alegría la había invadido. Quería organizarlo todo, para volver al pasado y contagiar al presente. La encontraron en su cocina, desparramada entre las ollas de acero inoxidable con un delantal púrpura y un cucharón de aluminio entre sus manos.
De a poco, todos abandonaron el lugar. Se fueron, se separaron, se diseminaron por los pueblos vecinos. El contacto con lo distinto los fue transformando. Muchos de ellos se perdieron en la vida. Los que quedamos, nos adaptamos a una nueva forma de sobrevivir, pero nunca olvidamos esa historia.
Esa campana aún existe. Sin embargo, aunque nadie la toque, en los días de viento norte, se mueve sola y cuentan que se escucha desde lejos ese tañido inconfundible. Dicen que la Cocinera, desde arriba, la ejecuta para reunirnos a todos en la próxima cena, ese gran banquete que quedó pendiente en aquella época memorable que aconteció a ciento treinta kilómetros al oeste de Buenos Aires.a próxima cena

Transformaciones



Transformaciones

*por Jorge Degui

¿Qué es una silla, qué es una mesa, qué es un sillón, quién los inventó? Podríamos decir que una silla es lo que sirve de asiento para una persona, que puede tener cuatro patas, tres, dos, sólo una o ninguna. Ser de morfologías múltiples: cuadrada, oval o irregular. De distintos materiales: madera, hierro, plástico o caña. De estilos diversos: rústica, clásica, art decó o post moderna. Podemos categorizarla con nuestras manos como suave, rugosa o áspera. En tal caso cualquier, cosa donde nos sentemos puede ser una silla. Es más, si nos sentamos en una mesa pequeña, la podemos sentir como una silla. Y la mesa dejar de ser por un momento un mueble con patas y superficie plana, que se utiliza para apoyar objetos. Acaso con algunas reformas, sin que supere los 80 cm de altura para que pueda pasar por las puertas, la transformamos en un asiento cómodo con respaldo, brazos y lo llamamos sillón. A estas alturas, la confusión de funciones y formas, es sólo un detalle. Quizá haya sido, la necesidad de sentarse, de apoyar objetos y dar un orden cómodo al hábitat, lo que en un principio motivó a los primeros diseñadores, hombres y mujeres comunes, a darles formas a estas necesidades. En la antigüedad, una silla pudo ser una piedra donde alguien se sentó, se sintió cómodo y la adoptó. Y una mesa, una piedra más grande, donde se apoyaron los primeros utensilios. La humanidad ha ido tallando la naturaleza, trasformándola, conceptualizando funciones y poniéndoles nombres: Asiento, silla común, plegable, tijera, reclinable, de oficina, de bar, butaca, butacón, sofá, sillón, sillón cama, cama de dos plazas, mesa de luz, velador, araña, lámpara de pié, mesa ratona, de comedor, de cocina, de jardín, de juego, de apoyo, mesada, estantes y objetos varios. En fin, ideas conceptuales con que inteligimos distintos elementos en nuestro mundo cotidiano. Quizá en principio, una idea es lo que genera a las cosas o es una operación simple de la mente o sólo el nombre para nombrarlas. Como sea, con cosas o con conceptos, intervenimos un lugar, lo hermoseamos, adornamos, mezclando lo diverso con cierto arte, de modo que compongan una sola cosa, dándole personalidad. Objetos y muebles transforman una casa. ¿En qué momento la “Singer” se transformó en una mesa de apoyo? Más aún, cuándo el objeto se transforma en mueble o el mueble se exhibe como objeto. Todo está en la inspiración de nuestra mirada.
El Diseñador Martín Churba, desafió el camino del diseño tradicional y se atrevió a realizar una campaña diseñada para Easy, partiendo de la resignificación de elementos. Vale decir, cambiarles la función original a objetos simples y atractivos que se encontraban en las góndolas de ese homecenter. Afirmando que se puede diseñar a partir de la resignificación de lo existente. Así surgieron ideas creativas y hasta humorísticas como: la LámparaCesto, el FloreroTubo, el LapiceroLadrillo y el ModularEscalera. Mirando con otra mirada, prescindiendo de la función, se puede llegar a diseñar con el mismo objeto otorgándole otra función. Es ahí donde un cesto dejó de ser un cesto y se transformó en lámpara. El tubo se volvió florero. El ladrillo no será parte de una pared, porque ahora es lapicero y nadie subirá la escalera porque ahora es un modular para libros y objetos.
El Estudio de los Diseñadores Federico Churba y Patricio Lixklett, nos propone la generación de muebles, luminarias y objetos producidos por la tradicional técnica del mimbre en un material poco convencional para el diseño, pero común en el agro como el alambre plástico. La comunión de una técnica ancestral y material del presente. En el campo, el alambre sintético que sustituye al metálico, es más duradero, más resistente a la corrosión, a los rayos ultravioletas y no lastima a los animales. Partiendo de estas premisas, afirman: “en otro rincón de nuestro país, artesanos que trabajan de forma independiente o agrupados en cooperativas, tejen el mimbre dando forma a diversos productos utilitarios que constituyen parte de la cultura objetual local. Desde nuestro lugar de diseñadores, encontramos en la mezcla de estos factores un campo de acción en el que expresarnos. Creamos una línea de productos para el ámbito doméstico que aprovecha las cualidades de un material aplicado a una función diferente: investigamos la técnica del tejido hasta llevarla a su máxima expresión y desarrollamos una serie de asientos, mesas, lámparas y objetos que se autosoportan. El tejido abandona su antigua función de revestir y cobra protagonismo desde la estructura”.

Sus diseños se pueden aplicar en distintos ambientes. Las formas orgánicas y simples en colores variados pueden convivir interactuando con otras o integrarse a una escenografía minimalista, enriqueciéndola. Es interesante experienciar la sensación de sentarse en una donna. Transmite otra forma de descanso, otro modo de sentarse, de desparramarse, de atreverse a abandonar el cuerpo en un formato no tradicional. Las mesas bajas resueltas en tres patas anchas oblicuas dan gran seguridad visual y las luminarias siempre protagonizan el espacio distribuyendo una luz encapsulada que se escapa desde la trama.
Todos podemos diseñar, cambiar las funciones, los lugares, los colores, las formas, las sillas, las mesas y los sillones. O armar con ellos espacios distintos y divertidos. Podemos diseñar a partir de lo que ya está hecho, de un sueño, de un dibujo y hasta de un acto fallido. La inspiración no tiene límites, la creatividad tampoco. Hay que dar rienda suelta a la imaginación y atreverse a desandar los caminos de siempre, inclusive para desafiar nuestra mirada en la observación de formar nuevas. Es interesante preguntarse cuándo una mesa deja de ser mesa para ser silla o ser simplemente un fascinante sillón de vanguardia con materiales tan simples como inéditos. Transformar la naturaleza y las funciones de las cosas ha sido una tarea humana que se ha repetido desde los comienzos mismos de la humanidad. Si agudizamos esta capacidad, entonces estamos en presencia de un nuevo creativo. Todos podemos hacerlo. Y saben qué, ahí firmamos con eso que está tan de moda: Diseño de autor.

Tendencias





Tendencias (publicado en Perfil)

Por Jorge Degui *

Los colores de moda, las nuevas formas, las telas fashion, los diseños de vanguardia, el tan mentado minimalismo, la cocina color frambuesa, la luminosidad, la energía, la curación feng shui, lo retro y otras tantas situaciones que se pasean en la pasarela de la decoración de interiores, forman parte sin lugar a dudas de un lenguaje clásico y de vanguardia en lecturas de actualidad. Una mezcla de creatividades temporarales que ha dado a luz una suerte de trascendencia más allá de lo meramente bello: la tendencia. En realidad, en todos los ámbitos del diseño se da año a año esta característica. En lo cromático, en la moda, los accesorios de moda, la arquitectura, la literatura, la música y tantos otros. Hay una tendencia, una fuerza que impulsa, que avanza por encima de otras y se impone en la sociedad de consumo. Nuestra sociedad, particularmente consume la propuesta general, no la replantea e ingresa en forma directa en la vida cotidiana con un formato hecho. Escenas tales como pasar frente a una vidriera, armada como referente de lo último en diseño y la irreparable tentación de copiarlo todo para adaptarlo al corner del departamento, es una práctica muy utilizada. Otra es ojear rápidamente una de las tantas revistas de decoración en plaza y detenernos en aquello que nos llama la atención, devorarlo para el plagio y trasladarlo automáticamente al living de casa. También es cierto que cuando caemos en la casa de alguien que lo renovó todo, que cambió hasta el color del cubrecama, se nos presenta en la mente unas ganas bárbaras de imitación. Si visitamos un shopping, nos detenemos frente a los stores de decoración y dejamos que un disparador de infinitas propuestas de objetos, texturas y materiales, se dispongan a ocupar un lugar en nuestra casa. Y qué decir de las vidrieras de iluminación, con arañas sofisticadas, lámparas de aluminio opaco, artefactos plásticos de diseñadas morfologías con esa luz cálida que se mezcla por algún lado y no sabemos dónde instalarla, pero nos gusta de sobremanera. Si hasta cuando visitamos los interminables lofts de Casa Foa, no dejamos de pensar un minuto en que cada espacio nos pertenece, mientras una mirada ávida por atesorar esos diseños recorre cada detalle de los ambientes. A todo esto, alguien introdujo la tendencia, la inclinación al cambio, la sugerencia de la reforma, de la transformación, “el estar en onda”, el consumo de lo nuevo, que algo sea la vedette del momento y que estemos pendientes de ese objeto de deseo. El minimalismo es algo así como el nuevo paradigma de estas latitudes, sectores de descanso visual, monocromáticos, limpios, abiertos, con pocos muebles, las formas reducidas a lo fundamental. También está aquello de estilo tradicional o puro que heredamos de la abuela, que se recicla en un escenario moderno para una combinación de lo nuevo y lo viejo, vale decir, lo retro. Y nunca falta el toque romántico puesto en algún sector, donde armonizan la naturaleza y el ambiente, lo intimista y lo calmo. Es obvio que lo clásico siempre está, es inamovible, mucho glamour y elegancia en cada detalle. Después de este panorama, un tanto disperso, de las distintas fotografías a seguir en el interior de nuestros propios espacios, la pregunta es: ¿Debemos seguir a las tendencias? Todo dependerá de nuestra forma de ser, de lo que queremos mostrar y con lo que contamos. Incorporar una tendencia implica aceptarla, entenderla y fundamentalmente sentirse cómodo con ella. El poder socioeconómico, la cultura, los contactos y el momento que uno está viviendo también son factores de importancia a la hora de ambientar un espacio. Si se adopta por ejemplo, lo extremadamente decorativo o un estilo resueltamente cercano a lo experimentado en la Gran Bretaña de la Reina Victoria en las postrimerías del siglo XIX, debemos estar hablando de un alto poder adquisitivo, que a la vez nos permita contratar un profesional entendido en el tema para un asesoramiento puntual. Pero vamos a apuntar un nivel intermedio, a los que compran las revistas, los que miran las vidrieras, los negocios de objetos con diseño y tienen el deseo absoluto de experimentar un cambio en su hábitat tradicional. Separados, casados, con hijos o sin ellos, todos pueden largarse a la aventura de la decoración. Pueden hacerlo solos o también pueden acceder al asesoramiento de un entendido. Si lo hacen solos, deben tener muy en claro lo que quieren, saber discernir en el abanico de oportunidades. No salir a la caza de elementos discontinuos, y definitivamente incombinables que los conduzcan al no-disfrute de lo nuevo. Si optan por la consulta, no se dejen conducir, discutan lo propuesto, exijan claridad. Hablen de sus costumbres, de lo que quieren que permanezca o no, impongan su personalidad, la compatibilidad con la tendencia del momento, expresen el disfrute de los colores, cuenten todo lo que quieren y confíen en una buena propuesta a punto de sentirla propia, original. No siempre es necesario cambiar todo. Un color nuevo en una pared, otra distribución de los espacios y una buena elección de objetos, pueden resultar increíbles aciertos a la hora de renovarse. Nada mejor que sentirse actualizado con un toque personal. Y quizá sin darnos cuenta estemos generando tendencia.

La cocina, pieza clave


La cocina, pieza clave
Por Jorge Degui

El Homo Erectus, descubrió casualmente el fuego gracias a la fricción de dos palos entre sí, pero pasaría un millón y medio de años antes de que John Waiker, un químico británico, produjera el fuego instantáneo con la fricción de una cerilla contra una superficie áspera, parecida a la de nuestros días en una caja con 222 fósforos de madera. En los tiempos prehistóricos, el hombre preparaba su comida sobre una hoguera, utilizando los utensilios rudimenta­rios como cuencos de piedra para los líquidos, un mortero para pulverizar sales y hierbas, y superficies duras para cor­tar la carne asada en una varilla de hierro. Luego, la cocina se modernizó con el invento de las vasijas de barro. Griegos y romanos, innovaron más en materiales que en objetos. Bandejas de oro, copas de plata y botellas de cristal para los ricos. Platos de barro y copas de cuernos de carnero vaciados para los pobres. En la edad Media, debido a las dificultades de subsistencia, las familias se agruparon y la vida se hizo más comunitaria. La cocina con sus alimentos y el calor que ofrecía su fuego, se convirtió en la habitación más espaciosa y frecuentada de la casa. Como vemos, desde viejos tiempos, se trató de un polo de atracción de la casa y nadie debería ponerlo en duda, de hecho se vive a su alrededor.
De la vieja cocina sin agua corriente, con fuego de leña y a veces maloliente, se ha pasado a la a la pulcritud de casi una máquina para cocinar. Microondas de por medio, una energía electromagnética pura que agita las moléculas de agua de los alimentos, el sector se ha convertido en algo aséptico, higiénico y de fácil uso. Basta apretar un botón y el trabajo se hace por nosotros. Conforme al avance para cocinar, en estos tiempos paradigmáticos de la salud y la estética, parecería ser que cada vez se come menos. Un ritmo de vida más activo, se empecina en transformar las costumbres y reemplazar lo elaborado por el delivery. Sin embargo, voces como la de Martiniano Molina, nos hablan de una cocina con identificación barrial: “la comida como punto de encuentro con los seres queridos, como medio para comunicarse, y como una forma de brindar afecto”. Parece que todo evoluciona rápidamente en materiales y objetos, pero hay algo que queda siempre en las costumbres que nos constituyen. Qué es la cocina, sino “el lugar” que articula el resto de las funciones. Una casa no es una casa si no tiene cocina. Es un órgano importante de su cuerpo. Podemos dormir en un sofá, leer en el balcón o mirar TV en un pasillo. Pero cocinar, se cocina en la cocina.
Napoleón decía: “un ejército marcha sobre sus estómagos”, y sobre ésta frase surgió la técnica para cocinar, esterilizar y embotellar alimentos. Desde entonces, se sumaron los primeros cacharros para cocina esmaltados de blanco, que se podían limpiar con facilidad. La porcelana fue así, el teflón del siglo XVIII. Luego, un británico que se dedicaba a la fundición de hierro, patentó una cocina de calentamiento uniforme. Mucho más tarde, apareció una máquina-robot que presentaba una suerte de accesorios intercambiables como exprimidor, rueda para amasar, molinillo, abrelatas y centrifugadora. El mercado consumista incentivó a la competencia y en los setenta una pequeña maquinita nos deleitó con sus capacidades para moler, triturar, desmenuzar, cortar, reducir a puré, pulverizar, mezclar, licuar y depende de la combinación de botones, algún otro verbo en infinitivo. De Waterloo a la “batalla de los botones”, pasando por las dionisíacas reuniones de Tupperware, donde un blando y flexible material se convertiría en un fiel amigo de nuestra cocina. Infinidad accesorios se han pasado y pasarán por los anaqueles de una cocina. Tranquilamente se puede comparar las tareas que aquí se desarrollan con las de un laboratorio. Siempre se puede consultar alguna fórmula o vieja receta.
También hoy se le suma a la cocina algunas actividades anexas como un rincón de comidas rápidas, de trabajo, de deberes de los niños y de sector de juegos, recomponiendo un lugar social y de relax. La cocina es sin lugar a dudas una pieza clave, un centro vital, el ombligo mismo de la vivienda.
Recomendaciones:
Dividir la cocina teniendo en cuenta en triángulo de trabajo. Un sector que integra las áreas más importantes: preparación de alimentos, cocción y lavado.
Los sectores de guardado de vajillas, deben estar cerca de la preparación y cocción de alimentos.
Los sectores de guardado de alimentos secos y no perecederos, deben estar separados de zonas calientes y húmedas.
Un espacio para lo divertido. Que todos disfruten de los olores, las formas y el encanto de la producción. Cautivar a los comensales hasta que la cena esté servida.
Imprescindible un foco de luz natural y aire.
No tener miedo a exhibir platos, jarros, tachos, vasos, que personalicen el ambiente.
No olvidar armarios altos y estrechos para elementos de limpieza como escobas, palos de piso, baldes, etc. No estar a la vista, imprimen sensación de orden y limpieza en el sector.
Iluminación: la luz debe dar directamente encima de de los planos de trabajo y no debe encandilar al que prepara la comida. En la mesa, luz indirecta. Focos de fondo plateado que rebotan en la pantalla y reverberan luz cálida sobre la mesa.
El diseño de las cocinas es muy variado. Siempre todo cerca y todo útil, con máximo aprovechamiento del espacio. La clásica, de bajo mesadas y alacenas laminadas; revestida en azulejos blancos y piso cerámico. Algunas con granito o acero inoxidable mate unificando todos los muebles. La cocina lujosa, como el resultado de un buen proyecto y calidad de materiales. La utilización de la madera siempre le da un toque de nobleza. Una cocina jugada, con colores fuertes y posiciones inusuales de muebles y mesas es otra de las opciones. La cocina con estilo campo: madera rústica y buenas ideas decorativas con cristales o lozas antiguas. Y por supuesto la cocina minimalista, donde las líneas despojadas de sus muebles, electrodomésticos de última generación y escasos objetos a la vista, brindan una imagen de absoluta pulcritud y orden.

Solo, sin acento


Solo, sin acento

En estos tiempos, dentro de mi espacio ocupado, siento un gran vacío. No hay nadie a mi lado donde logre volcar mis angustias y disfrutes. Hay un punto donde a nadie le importa lo que le pasa al otro, sólo importa lo propio. Entonces me llaman para que escuche historias ajenas, y a veces introducir una opinión. Mientras soporto el trabajo diario con mis compañeros escucho sus celulares que llaman reclamando horarios: - ¿cómo estás, a qué hora te puedo ver?- son llamadas de aliento en trabajos continuos que actúan como llamaradas descontracturantes y disuelven las tensiones. Y qué decir cuando la llamada es un, te quiero o un te extraño. Internamente se produce un cambio repentino de actitud, de compromiso, de valores. Como si nos inyectaran una nueva fuerza en el cuerpo. Cuando todo esto no sucede, la soledad nos golpea la puerta con un doble toc, toc, que no significa necesariamente un doble trastorno obsesivo compulsivo, más bien una llamada de atención. Empezamos a no tener producción propia y nos apoderamos de lo que es de otros. De aquellos que están muy cercanos, los escuchamos, sufrimos sus desdichas, festejamos lo que se entiende bueno y siempre esperamos que al menos se acuerden de preguntarnos: - ¿y vos, qué onda, qué pasa con tu vida?. Nunca llega la pregunta. Deben pensar, que no hay vida detrás nuestro, o que es tan anodina que no vale la pena saberla, o que tenemos todo tan solucionado, que nuestra opinión es un bálsamo en la tormenta y uno califica perfecto en la idiosincrasia de cualquiera. El tan mentado: - ¡sos tan objetivo! - suena a: -¡sos distinto, vos no sufrís, hablás desde la altura, vos no sos de acá!. Es ahí cuando nos sentimos como dioses marcianos que sentencian y sientan jurisprudencia en estos desvencijados mortales que no pueden resolver las aventuras pelotudas de siempre. Y yo me engancho solo, si hasta parece que da la impresión que vivo del disfrute de la vida de los que quiero y olvido la mía. Pero no es así. Tengo mucha vida interior, me cuesta sacarla afuera, seguramente algún dispositivo interno actúa como protección de intimidades y enigmas interiores aún no desculados. Lo que no entiendo es por qué me involucro tanto en problemáticas externas. ¿Por qué tengo una oreja tan solícita, y por el contrario no discrimino solo lo que me interesa?. Quizás a los que tenemos un manejo más diplomático en el discurso se nos veda la posibilidad selectiva de información. Alguna malformación congénita debe morar en mi psicología, que obstruye la posibilidad de ver el exagerado lado malo y bueno de las cosas, optando por una posición intermedia, como medida de unicidad. Siempre noto que esto me pasa cuando quedo ligado a una amistad muy fuerte, o a alguien por quien siento mucho afecto. Sus fuertes estructuras desequilibran las mías, las ponen en duda todo el tiempo y se producen luchas internas, donde viejos preceptos ya aceptados se vulneran. Soy huésped en otro cuerpo y adopto sus formas. Al otro día me despierto y vuelvo a ser yo. Sé mimetizarme, en la medida que la curiosidad me lleva por un camino de investigación y conocimiento y no permito que el otro tome algo de mí. Yo lo tomo, chupo sus energías y clono sus costumbres y deseos. Las exploro, las transito y hasta las discuto con todo desparpajo como si fueran mías. ¿Y mi disfrute cuál es? Mi disfrute es la soledad, claro, disfruto mis placeres a la luz de nadie, apago todos los candelabros, que nadie mire mis placeres, son míos y no los muestro, porque cuando ello sucede mi libertad se ve impedida y vuelvo a los cánones o a la vil copia del prójimo. Eso sí, hay una ventanita pequeña, casi siempre cerrada bajo siete llaves, donde he mostrado mis otras caras ocultas, claro que lo he hecho bajo un exclusivo estado alterado de la conciencia. Ya perdí dos llaves. Cada pérdida me enseñó que el amor es efímero, se disuelve tan rápido como aparece. Este es mi ideal: enamorarme de alguien que se le note el amor por su mirada profunda, por su respiración que trae información de adentro, por el estruendo de sus latidos al verme y porque nuestros cuerpos se vuelvan agua al solo contacto. Sentir que pierdo la vida y no importarme, disfrutar lo que no me gusta y no importarme, vender mi alma a Dios y no importarme, emborracharme de libertad y no importarme, exhibir mis miserias y no importarme, poder decir quién soy y no importarme. Y que la sinergia nos conduzca a una isla pequeña con aguas turquesas, un sol, dos lunas y una morada despojada con el sólo compromiso de perdernos en un horizonte inexistente, allá donde nuestras mentes olvidan los textos adquiridos.
Tampoco nos quedemos con la prosa y la poesía, un poquito de sabor, de lujuria, un deseo prohibido, una clavada de uñas, un beso en las oscuridades de la baja espalda y un poco de furia, son algunos de los condimentos a tener en cuenta para que estos ideales se sostengan. Y si debemos recurrir a otros niveles más procaces y soeces del tipo: “partime como un queso, chupámela o cagame a palos y meame encima”, entre otras de estas exquisiteces pues, no nos detengamos, todo está permitido para satisfacer el tránsito de nuestra libido. No habrá letra historiada, más bien será básica, con una fuerte carga emotiva. Si estamos solos, no debería ser un problema. La soledad hay que saber llevarla, no se trata solo de cargarla, debe uno hacerse cargo. No hay que tomarla como pesar y melancolía por una pérdida. No hay que ver la paja en el ojo ajeno, salvo que seamos voyeuristas, debe uno hacércela propiamente y tratar de no salpicarse el ojo. Recursos y diseños sobran, memoria emotiva también. Es una forma de llenar los espacios vacíos en la más absoluta libertad y con nuestra sola mirada. Mientras tanto, en la sala de espera, pacientes, aguardamos que una señorita nos diga despreocupadamente: - ¿Usted tiene el número 612?. ¿Estaba esperando un gran amor?. Bueno, acaba de llegar.

¿Duele menos si nos engañamos mejor?


¿Duele menos si se cree en Dios, o duele menos si nos engañamos mejor?

Según Katja Wiech, "los católicos fueron capaces de activar un mecanismo cerebral que sabemos está involucrado en la analgesia y la supresión emocional". Según Jorge Degui, que en el 96 se emocionó con el retrato de La Dama con Armiño de Leonardo da Vinci, de la misma forma que se emocionó cuando visualizó la serpiente emplumada en México, las pirámides de Egipto y la Catedral de Chartres a la orilla del Sena, dijo lo siguiente: “Está totalmente comprobado que los mecanismos cerebrales reproducen realidades construidas por el propio sujeto. Las personas han captado un orden social, han sido preñadas por el lenguaje y las significaciones imperantes de la cultura y la época. Se tiene que creer en algo, no podemos no hacerlo. Hay grandes cosas sin respuestas y necesitamos responderlas para que no nos angustien. Si no la tenemos, la inventamos. Claro que duele menos el engaño. Pero si sirve para sostenernos en este mundo simbólico, tengamos fe en algo, seamos poseedores de una verdad, inventemos un ser superior, divinicemos libros sagrados, escuchemos voces del más allá o lo que sea para ayudar a aguantar el dolor. Y todo para qué. Para que al pie de nuestra hora final, alguien se acerque y murmure la consabida frase hecha: “No somos nada”. Los científicos sugieren que la gente que no es religiosa, puede lograr esa capacidad de controlar el dolor por medio de meditación o de otras estrategias mentales similares. Podrían agregar lo siguiente: No se necesita ser religioso para controlar el dolor, sólo se necesita ser alguien que con cualquier estrategia, pueda soportarlo.