Si dejamos que nos
instalen en la cabeza que estamos mal, creeremos que estamos mal, aunque
estemos bien, aunque seamos exitosos, sostenibles, e inclusive felices. Por el
contrario, si el objetivo es implantar que estamos bien, creeremos que estamos
bien, aunque estemos mal, aunque seamos fracasados, insostenibles e inclusive
infelices. Muchas veces no logramos hacer una lectura de lo que realmente pasa.
Por eso, dejamos que la pasión del otro nos invada, permitiendo que borre
nuestro análisis y terminemos adoptando lo que la masa conceptualmente encripta,
asegura y da sentido de valor. Somos títeres alineados al discurso de alguna autoridad
y terminamos coincidiendo con otros que reciben la misma línea. Nos resetean el
chip, nos colocan el dato y nos complace pertenecer a un criterio común. Siempre
es más fácil sentirse dentro de lo que una pretendida mayoría dice. No vaya a
ser cosa que se nos señale. El boca en boca transmite al igual que un teléfono
descompuesto una información por distintos canales, con mucho ruido en el
medio, y al llegar a nuestra oreja ya dejó hace rato de parecerse siquiera a la
verdad del suceso. Pero nos dice que esa es la verdad porque “se dice”. Nadie sabe quien lo dice, pero se dice. Entonces
se arma un dispositivo social, que le da entidad a un mensaje determinado,
lleno de intereses pasionales. Es ahí donde una suerte de marionetas desprovistas
de información, le asignan aun hecho,
una verdad nunca verificable y sin fuente citable. A los que nos conviene esa “data”,
ya sea porque nos hace sentir mejores, porque recomponen nuestro ego, nuestra
autoestima, el chiste fácil, o
simplemente por no quedar mal con el otro, nos convertimos en propagandistas de
un texto que no es elaborado ni siquiera analizado por nosotros mismos. Es así
que solemos aplicar guías falsas en nuestras apreciaciones, pues mientras
anhelamos el poder, el éxito y la riqueza de los otros, menospreciamos sin
darnos cuenta valores más genuinos que nos construyen. Para eso es bueno
agregar ojos a nuestras miradas,
integrar posiciones, mediar dialécticamente para entender por elevación, sin
quedarnos en la queja permanente, en un malestar cíclico que no nos dejará
subir el próximo escalón de crecimiento. Hay que abrir puertas y ventanas para
escuchar y ser escuchados: es la única forma de lograr mejor comunicación.
Desalojemos al prejuicio y optemos por la reflexión. Obviamente, cada cosa que
escuchamos puede encerrar una fracción de la verdad pero, si solo consideramos que la nuestra es la única
línea de verdad, somos
ciegos al resto de las otras posibles verdades y estaremos en perpetuo
conflicto con ellas. Mientras somos hablados por otros y nos transformamos en repetidores
de conceptos, la moral deambula por caminos inciertos. Y es la ética, la encargada
de discutir y fundamentar reflexivamente ese conjunto de principios o normas
que constituyen nuestra moral como sociedad. ¿Pero cómo aplicamos reflexión en
la vida cotidiana? Pues aplicándola simplemente, estando atentos a la
información que pescamos, encontrándole sentido, incluida quizá
dentro de lo partidario, grupal, institucional y social, pero alejada de
las imposiciones. Debemos saber que se puede pensar por uno mismo, que nuestra
realidad puede ser interpretada y por sobre todas las cosas sentirnos
librepensadores. Admitamos la existencia de otros colores, otros razonamientos
y otras brújulas. Gestemos un país más diverso y sin antinomias marcadas. No
seamos extraños, extremos ni externos si queremos una Argentina mejor. El que
subscribe es sin duda un argentino, pero quizás no logremos distinguir si es
opositor u oficialista, entonces solo así se habrá cumplido el objetivo
del texto.
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