sábado, 13 de enero de 2018

Una línea paralela
Por la blanda arena que lame el mar, tal cual las pisadas últimas de Alfonsina, recorría el otro día una de las tantas playas de Mar del Plata. Miraba las marcas que dejan los pies en la arena mojada y el camino zigzagueante o no, que queda impreso en ella. Mientras lo hacía intentaba colocar mis pies en esas huellas y jugar a adivinar a ese otro que caminó antes. A veces me coincidía el tamaño, otras no. A veces se perdían en la espuma, a veces en la arena caliente y muchas otras se confundían entre sí. El sol estaba en su furia y las olas no se calmaban, casi como desafiando a la bandera rojinegra que asegura un mar peligroso. El pie era pequeño, quizá un número treinta y seis. Lo descubrí cercano a mí cuando pasaba frente a dos cangrejos rojos y yacientes sobre unas rocas. Pequeño y perfecto. La huella era corta y sostenida en su ritmo. Pensé que pertenecería a un niño imprudente, perdido, mientras miraba a la gente. O podría ser una niña que caminaba cerca de sus padres. Pero no, los niños no suelen ser tan rectos, no responden a las leyes de las líneas establecidas. Un camino recto responde a ciertas estructuras, a no bajar la mirada, a perseguir una meta, a la costumbre de caminar por la cornisa, a no trastabillar nunca por la experiencia misma o simplemente se trata de alguien que desafió a los dibujos aleatorios entre el mar y la costa. Había otras pisadas cercanas, pero muy desprolijas en su andar. Una más enterrada, como justificando el peso corporal y otra con salientes prominentes en la base del dedo gordo. El que me atraía era un pie común, con todos los dedos derechos. Supuse que se trataba de una mujer carismática y sociable, de esas que se comunican con facilidad. Se me representaba hermosa y de más o menos un metro sesenta de estatura. La imaginé pelirroja, con una túnica blanca arrastrada por el viento caminando por la orilla en su primer día de vacaciones. Mi pisada borraba su huella en todo su contorno. En eso levanté mi mirada y me dejé llevar por la magia del lugar, por la bruma y hasta pensé que estaba siendo conducido misteriosamente hacia ella. El sol me encandiló y choqué con una roca roja donde estaba sentada una señora, devorando un sándwich de salmón rosado y aguacate.
– ¡No ve por dónde camina!, me gritó, mientras recogía el salmón embadurnado de arena.
Me disculpé alcanzándole unos restos de aguacate que habían quedado planchados en la piedra.
- ¡Soy Lela, mucho gusto!, me dijo.
Mi cara debió de estar desorbitada frente a lo que estaba mirando. Las huellas que yo perseguía terminaban en Lela. Ella me miró fijo a los ojos y me preguntó:
 - ¿No será uno de esos locos que persigue las pisadas en la arena, buscando el amor de su vida?
Quedé paralizado, quizá porque me vi sorprendido y a la vez desconcertado al anoticiarme de otros buscadores de huellas perdidas. Yo estaba sin palabras mientras Lela hablaba:
- Yo sé que todos los caminos conducen a mí – aseguraba.
 En un breve monólogo me contó que sus líneas de fuga deleuzianas (1) se chocaban con otras líneas y que por eso iban al mar, para que se desencuentren y se pierdan como en la torre de Babel. Me habló de los laberintos borgeanos y de las arenas de Marsella. Parece que ahí las huellas que se pierden en el mundo aparecen en las rosadas playas mediterráneas. Y es por eso que las líneas paralelas no se cortan en el infinito, sólo se pierden. En ese párrafo reaccioné, sacudí mi rostro petrificado y asentí con la cabeza. No salía de mi asombro y sólo dije:
- ¡Gracias por sus comentarios, Lela!
- ¡No soy lela, soy Lila, ¿de dónde sacó que soy lela?
– Perdón, creí haber escuchado Lela.
- ¡Lila, soy Lila! Nací en Marsella en una noche de luna llena con un cielo enrojecido.
Ahora Lila hablaba con otro tono, casi con acento español no nativo. Lila no era ni por aproximación la mujer que imaginé, esa mujer imaginaria a la que yuxtapuse mis huellas sobre las suyas. Estaba eligiendo las palabras cómodas para despedirme de Lila y sonó mi celular. Una mujer de acento latino no identificable y con un texto aprendido dijo:
- Hola, le estoy hablando de la compañía de telefonía celular, mi nombre es Lola. Quiero ofrecerle un nuevo servicio sin costo, donde usted podrá buscar nuevos caminos de comunicación. Estoy hablando de comunicación multisensorial; en la medida que el cerebro recibe estímulos externos y va conformando un entramado nodal más complejo, llevará al consumidor a la toma de decisiones ante un estímulo externo, como puede ser la propuesta de un producto nuevo. Es como buscar el origen de las huellas que se pierden en la arena y encontrar sus terminales – concluyó.
A esta altura creí que estaba viviendo en realidades paralelas, o en medio de la teoría de los dos mundos de Platón (2), o que algo no estaba sucediendo como uno cree que naturalmente las cosas son.
– Gracias Lila, pero no voy a comprar tu servicio multisensorial, te agradezco la oferta - le dije cortante.
- Ni una cosa ni la otra – dijo ella - No soy Lila, soy Lola y no es una compra es un servicio gratuito
Al lado mío escuché a Lela que decía:
- Pues acéptalo, yo ya lo tengo y mírate tú, estás perdido en la playa, sólo, sin poder comunicarte con nadie, buscando formas de pies romanos, como si ellos te condujeran a Roma.
No sé si enloquecí, si nací de nuevo, si estoy comprendido en otro mundo, si se me alinearon los planetas, si me topé con una bruja ilustrada, si seré capaz de usar las mil funciones de mi nuevo celular o si me golpee con una piedra y estoy en coma. Tampoco sé si Lela, lila o Lola son paralelas, perpendiculares o bisectrices. Lo real es que encontré una razón para dejar una línea o una huella en la blanda arena que lame el mar.
JLD




[1] La filosofía deleuziana establece una línea de fuga, un intento de liberar y desterritorializar el pensamiento, pero como todas las líneas de fuga puede ser revolucionaria o generar un pensamiento opresivo.
[2]  Según Platón existen dos realidades totalmente diferentes. El universo tiene una estructura material y una estructura inmaterial esta idea nos puede recordar al pensamiento de Pitágoras. Los elementos inmateriales están en el mundo de las ideas y es inmutable.

No hay comentarios.: